Hoy
por la tarde hubo una fuerte lluvia. Me senté frente a la ventana de mi
habitación para contemplarla. El ambiente estaba frío y al acercarme a la
ventana el vapor de mi aliento empañó el vidrio sobre el que las gotas
resbalaban una por una. Veía a las personas correr de un lado para otro huyendo
de ella, tomando taxis para no mojarse, abriendo sus paraguas -¿Por qué huyen? Me pregunté; de hecho, era esa misma pregunta la que me hacía cada vez que
comenzaba a llover. Si yo pudiera salir de esta habitación querría que lloviera
todos los días. En lugar de huir de ella, correría de un lado para el otro por
las calles y por los parques. Dejaría que la lluvia tocara mi rostro una y otra
vez, y que empapara mis vestidos.
Me
senté sobre mi pequeña silla de madera y quité mis zapatos gastados, vi mis
pies desnudos por unos minutos y pensé en lo que vería esta tarde, luego los
apoyé sobre la ventana. El frío recorrió todo mi cuerpo en un segundo, cerré
mis ojos y me imaginé a mí misma en otro lugar. Todo comenzó a ser verde de
pronto, mis pies tocaban pasto, el sol estaba apareciendo lentamente por el
oriente. Era muy temprano, la sensación
fría en mis pies provenía del rocío matinal que baña los campos cada día.
Sonreí porque frente a mí había pequeñas flores silvestres blancas y porque
comenzaba a escuchar poco a poco el canto de las aves.
Cerré
mis ojos y caminé algunos pasos, sintiendo el frío recorrer mi cuerpo
lentamente. Abrí mis ojos, contemplé el ambiente cálido y amarillento que el
sol brindaba detrás de las montañas a lo lejos. Me gusta este lugar. Es el
único en el que puedo pensar lo que sea, sentir, respirar y ver lo que me
plazca.
Camino
por un sendero estrecho y llegó a una pequeña casa de piedra en ruinas. La
naturaleza se ha encargado de cubrirla por todas partes y de hacer crecer
bellos árboles de cerezo en el medio. Trenzan sus ramas y dejan caer hojas y
hojas todo el día. El suelo está repleto de ellas; naranjas, amarillas y cafés.
Son suaves bajo mis pies, muy gentiles.
Uno
de aquellos árboles es un poco más bajo que los demás y me permite recostarme
en su viejo tronco como si fuera un diván. Mi vestido largo cae por los lados y
entonces comienzo a pensar en aquellas cosas que no puedo pensar afuera. Aquí
estoy a salvo porque no hay nadie
escuchando todo el tiempo. Lo único que lamento no poder hacer en este lugar es
hablar. Parece que ha pasado tanto tiempo que ya he olvidado mi propia voz.