lunes, 4 de enero de 2021

Ensoñación


Hoy por la tarde hubo una fuerte lluvia. Me senté frente a la ventana de mi habitación para contemplarla. El ambiente estaba frío y al acercarme a la ventana el vapor de mi aliento empañó el vidrio sobre el que las gotas resbalaban una por una. Veía a las personas correr de un lado para otro huyendo de ella, tomando taxis para no mojarse, abriendo sus paraguas -¿Por qué huyen? Me pregunté; de hecho, era esa misma pregunta la que me hacía cada vez que comenzaba a llover. Si yo pudiera salir de esta habitación querría que lloviera todos los días. En lugar de huir de ella, correría de un lado para el otro por las calles y por los parques. Dejaría que la lluvia tocara mi rostro una y otra vez, y que empapara mis vestidos.

Me senté sobre mi pequeña silla de madera y quité mis zapatos gastados, vi mis pies desnudos por unos minutos y pensé en lo que vería esta tarde, luego los apoyé sobre la ventana. El frío recorrió todo mi cuerpo en un segundo, cerré mis ojos y me imaginé a mí misma en otro lugar. Todo comenzó a ser verde de pronto, mis pies tocaban pasto, el sol estaba apareciendo lentamente por el oriente.  Era muy temprano, la sensación fría en mis pies provenía del rocío matinal que baña los campos cada día. Sonreí porque frente a mí había pequeñas flores silvestres blancas y porque comenzaba a escuchar poco a poco el canto de las aves.

Cerré mis ojos y caminé algunos pasos, sintiendo el frío recorrer mi cuerpo lentamente. Abrí mis ojos, contemplé el ambiente cálido y amarillento que el sol brindaba detrás de las montañas a lo lejos. Me gusta este lugar. Es el único en el que puedo pensar lo que sea, sentir, respirar y ver lo que me plazca.

Camino por un sendero estrecho y llegó a una pequeña casa de piedra en ruinas. La naturaleza se ha encargado de cubrirla por todas partes y de hacer crecer bellos árboles de cerezo en el medio. Trenzan sus ramas y dejan caer hojas y hojas todo el día. El suelo está repleto de ellas; naranjas, amarillas y cafés. Son suaves bajo mis pies, muy gentiles.

Uno de aquellos árboles es un poco más bajo que los demás y me permite recostarme en su viejo tronco como si fuera un diván. Mi vestido largo cae por los lados y entonces comienzo a pensar en aquellas cosas que no puedo pensar afuera. Aquí estoy a salvo  porque no hay nadie escuchando todo el tiempo. Lo único que lamento no poder hacer en este lugar es hablar. Parece que ha pasado tanto tiempo que ya he olvidado mi propia voz.