Mis manos tocan el viento frío de la tarde, una tarde en el mes de noviembre que se siente tan ajena, como si por primera vez mis ojos escrutaran un mundo desconocido, en el cual todo es puro y perfecto. Las hojas de los árboles mueren una tras otra y caen sobre el negro pavimento. De pronto tengo uno de esos momentos en la vida en la que todo pareciera falso e irreal, como si lo que mis ojos vieran en realidad no existe y yo no existo y no hay explicación racional para la vida en sí misma. Porque todo es tan perfecto, tan bello, que no es siquiera concebible.