Afuera todo es tan ruidoso, tan cambiante, y aquí adentro todo siempre es igual.
Hay silencio en esta casa, incluso uno que llega a ser abrumador, pero nunca es absoluto.
Siempre hay algo que suena, algo que cambia. El ruido aquí adentro es delicado. El canto de un pájaro, el lejano ruido de los carros, la caída de las hojas muertas, todo llega tarde, todo llega despacio.
Pero todo ese ruido me trae alegría, porque es presagio de que hay vida, de que todo se mueve y algo diferente vendrá.
Sin embargo, hay uno que me trae sufrimiento, y es el que está dentro mío, en mi cabeza. Un silencio pleno y asolador, que en su interior grita y taladra mis pensamientos todo el día. Ese ruido silencioso que nunca se calla, la voz de mi cabeza, y las imágenes que no dicen nada, pero tampoco se van.
A veces cierro los ojos por un momento, pensando que me quedaré dormida y podré olvidar todo por algún tiempo. Pero vienen, llegan con más fuerza aún, como si su único propósito fuera atormentarme, como si fueran ajenas a mí y quisieran llenarme de ruidos estrepitosos y pensamientos turbulentos.
Como si quisieran cambiarme desde dentro, hacerme a su imagen y hacer de sus caminos mis caminos.
El ruido nunca se va, pero nadie lo escucha, sólo yo, y no puedo escapar.
La luz del sol entra levemente por la ventana, toca mis manos con gentileza, con calidez. Tal vez hoy sea un día diferente, no lo sé.